12.28.2005
1oyog - fragmento
» Aparte de los jardines recovecos, la ampliada plazuela y el viejo kiosco, el centro del pueblo se encontraba en cierta forma intacto. En la periferia varios edificios habían sustituido a las antiguas fachadas, los antes amplios corredores cambiaron a estrechos circuitos para autos. Al norte el palacio municipal conservaba su fachada al estilo colonial, si bien los accesos se notaban modernos y mejor diseñados, el interior no mostraba mayores signos de las supuestas administraciones generosas. Aún había despachos cuya delimitación consistía en muros de un material ligero cuya altura apenas alcanzaba la mitad del piso al techo. Trasladarse a través de los pasillos era muy parecido a caminar entre los locales de un mercado, el pulular de voces y gente aturdía. Desde el centro de la plaza hacia el este, la iglesia parecía la única edificación sin cambio alguno, puertas opacadas por innumerables años de servicio flanqueaban la entrada principal, adentro las butacas mantenían el brillo de la clara madera barnizada, el olor a flores, veladoras y papel viejo se percibía de inmediato. Las entradas laterales seguían resguardadas por los portones de madera y metal que se identificaban por la pintura recién aplicada, un color de imitación caoba de tonos opacos, muy similar a la de la entrada principal.
Gregorio caminó pausadamente hasta el altar, esa figura central en el retablo siempre le pareció imponente. El cristo no parecía sufrir por los clavos atravesados en sus manos y pies, ni por la herida en su costado o el símbolo real de espinas aferradas a su cabeza y su frente. La sangre escurría por su cuerpo vigoroso, parecía solo una consecuencia del suplicio, algo que debía ocurrir por lógica, pero el rostro del crucificado esbozaba una mirada contundente, su tortura era lo menos que podía tener en mente alguien con esa mirada. El hijo del hombre no mostraba duda alguna en su semblante, no había el mínimo rastro de súplica o dolor, sino lo opuesto, su rostro era una afrenta al destino, un reto a la vida. La mirada no se dirigían a un poder divino sino a una fuerza natural, y la boca semiabierta no exclamaba voces de conmiseración, ambos mas bién reclamaban con el más enardecido coraje y convicción. Al pie de la figura endurecida como el mármol, aunque solo fuera de madera, Gregorio podía escuchar el trueno que emergía del nazareno elevándose al cielo, a la inmensidad, "este ha sido mi camino, esta ha sido mi vida, nada tengo por que dimitir, solamente soy un hombre y acepto mi final, en tus manos queda lo que ha de seguir, yo he cumplido con mi parte ahora tú cumple la tuya, he ganado mi batalla porque he llegado hasta este momento, pero no permitas que mi vida sea en vano porque bien sabes que siempre existió otra forma para lavar la miseria de este mundo…". El mero pensamiento de este discurso empequeñeció las intenciones de Gregorio, decidió hincarse y metódicamente se persignó, le pidió perdón al hombre por no haber respetado su valentía y con el mayor sigilo abandonó la iglesia antes de comenzar la misa de la tarde.
En el patio central de la vecindad, dos calles atrás de la vieja iglesia, un grupo de niños jugaba con una pelota sucia y desinflada. Durante el trayecto de la plaza hasta esta construcción prácticamente en ruinas, Gregorio observó que en ciertos lugares el tiempo no afectaba aquello ya de por sí afligido. Aunque los cuartos en el corredor principal habían dejado de existir apenas se extrañaban, el movimiento siempre se concentró al final del pasillo, en el conjunto de viviendas formando un semicírculo que permitía a sus habitantes tener una vista clara de todos los vecinos y de aquellos visitantes extrañamente ajenos a la comunidad. De esta forma se sintió justo al plantarse en el centro del patio, un extranjero perdido entre su propia gente. La segunda puerta a su flanco izquierdo se abrió estrepitosa y crujiente, Don Miguel salió apresurado cargando con ligera dificultad su pequeña vitrina con flanes y algunos dulces. Se detuvo momentáneamente para darle las buenas tardes mientras simulaba quitarse la gorra, y de inmediato se enfiló hacia el corredor. Los años no lo habían tratado nada mal, aún caminaba seguro aunque su espalda se había encorvado un poco más, de cualquier manera su andar no era el de un anciano, aunque él sí lo era. - Siempre ha sido un viejito - reconoció Gregorio para sí, sacudiéndose al reflexionar en la manera de su saludo, "buenas tardes Goyo", - me lo dijo como si nada, como si ayer nos hubiéramos visto, o a lo mejor me confundió con… -, sus pensamientos se interrumpieron cuando la vetusta puerta del mismo cuarto volvió a abrirse chirriando. En esta ocasión fue Doña Panchita quien salía despreocupada para dirigirse a la vivienda ubicada casi a mitad de la media luna. Justo antes de tocar volvió su mirada para encontrar a un Gregorio rejuvenecido y con un gesto grave, idéntico al que conocía cuando ella y sus cabellos negros como la noche cautivaban a más de uno en la plazuela hacía tantos años.
- Goyo, hijo, qué andas haciendo por aquí -.
- Vine a visitarla tía, hace mucho que no la veo -.
- Goyo, qué bueno que viniste - la anciana lo abrazó efusiva, espontánea, su manera de recibirlo permanecía intacta. Lo rodeó por la cintura y lo estrechó fuertemente, - Goyo, qué bueno que estás aquí… -, sus palabras se perdieron entre la ropa de Gregorio.
En medio de un sin fin de tiliches, trastes, canastos y cajas de cartón y madera, ambos bebían el acostumbrado café de la tía. Gregorio sabía de memoria ese cuarto, no obstante nunca se imaginó que llegaría a desconocer ciertos rincones de la vivienda. Una luz conmovedora se desprendía del eterno foco empolvado, un destello en la melancólica habitación.
- ¿Por qué no habías venido Goyo? - cuestionó sutil Doña Panchita, obteniendo por respuesta un silencio acompañado del familiar gesto grave.
- ¿Cómo está tu mamá, y tus hermanos? -.
- Todos están bien en la casa tía. Ellos están muy bien -.
- ¿Y tu papá? -.
- Él, ummhh…, hace rato que no lo veo pero sé que está bien -.
- Vino ahora a los quince años de Caro -.
- Ah, que bien -.
- Me platicó que andabas mal -.
- ¿Cómo mal? -.
- Dijo que andabas muy triste porque te dejó la novia -.
- No, no me dejó, terminamos…, se acabó… - y Gregorio comenzó a buscar ansioso cualquier pretexto para no continuar con el asunto, se movía inquieto pretendiendo ir a la cocineta por más café, pero no pudo ignorar que un nervio extremadamente sensible había sido tocado.
- Tu papá estaba preocupado porque dijo que habías cambiado mucho, que ya hasta parecías un fantasma… -.
- ¿Se acuerda cómo era mi mamá cuando usted la conoció? -, Gregorio encontraba por fin un camino seguro para hablar abiertamente. La tía lo miró extrañada.
- Cuando mi papá se la presentó, ¿qué pensó de ella? -.
- Pues era la novia de tu papá… -.
- Sí, pero lo que deveras sentía por ella cuando la conoció -.
- Pues era muy seria, siempre andaba bien vestida, casi no platicaba con nosotras… -.
- ¿Entonces qué pensaba de ella…? -, una seña de amnesia fue la respuesta a la insistencia.
- Bueno, como sea, al menos al principio creo que no la convenció de ser la mujer para él, pero luego ¿qué paso?, cuando la trató más, cuando se casaron… -.
- Tu mamá es muy buena, siempre se portó como la señora de la casa y a ustedes los quería mucho -.
- ¿Qué es lo que siente por ella ahora, después de todo eso? -.
- Eso es cosa de ellos… -.
- Nada más piense en ella, olvídese de él, dígame ¿qué siente por ella? -.
- Es tu mamá y todo lo hace por tu bien y por tus hermanos. Ella los quiere mucho…
- ¿Y usted… ? - la pregunta no se completó.
- Yo la extraño… -, llegó la confesión acompañada por un sentido llanto. Gregorio la abrazó terriblemente mortificado.
- No quería que se pusiera así… -.
- No, no es tu culpa, ya tenía ganas. Es que a nadie le dije -.
Antes de salir de la vivienda la tía lo atiborró de galletas de maíz recién horneadas y varios dulces de su pequeña vitrina.
- No tía, de veras, así estoy bien -.
- Ándale, llévatelos, que quién sabe cuando vayas a venir -.
- Voy a venir más seguido -, obtuvo una mirada desconfiada por respuesta - en serio, sí voy a venir -.
La tía se despidió afectuosa y mandó saludos - a tu mamá, a tus hermanos y a tu tío - le dijo. En un último instante, justo al comienzo del pasaillo, Gregorio se volvió hacia su tía.
- Él nunca reconoció todo lo que perdió cuando se separaron -, miró a su tía convencido - y yo perdí a alguien de la misma forma. Ella es muy buena… es... mi vida, pero nunca volverá. Estoy tratando de olvidarla -, alzó su mano en señal de despedida y con paso titubeante se encaminó por el antiguo corredor. «
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