12.28.2005

1oyog - fragmento

» La tarde había comenzado a marcharse en el andador de la calle vieja. Por una parte los eucaliptos y los sauces abundantes en todo el barrio se congregaban más en ese andador, y por otra la inesperada lluvia daba luces de una noche prematura. A mitad del camino, alzando la vista hacia el frente y un poco al oriente, Gregorio podía apreciar las nubes aglutinadas en la parte media de las montañas. En realidad ese paisaje no lo había notado hasta entonces, lo cual no le parecía obvio pues rara vez prestaba atención a esos detalles. Continuó descendiendo por los estrechos escalones al tiempo que miraba de reojo hacia las puertas contiguas, - se me olvidó traer algo con que distraerlos - pensó al observar a los perros echados en la entrada de la penúltima casa de esa pendiente. - La falta de costumbre - continuó, y dudó por un momento en llegar a la última casa sobre el corredor al final de los escalones.
Sus manos húmedas podían confundir los efectos del invierno, no obstante todo su cuerpo temblaba, más no era esta una señal de inclemencia, la causa era otra. Se sentía un tanto ansioso por llegar a la puerta guinda detrás de la reja negra, claro, si era posible superar la vigilancia de los propios canes de la casa siempre dispuestos a demostrar su celosa guardia. El temor lucía más que la prudencia al acercarse tímidamente a la entrada y tocar el timbre con pausado ritmo. No contestaron, ni siquiera los perros se molestaron en ladrar. Espero un rato e intentó de nuevo, observando con mayor cuidado la ventana frontal para distinguir cualquier movimiento. El mismo silencio acompañaba al eco del timbre. Su impaciencia aumentó y lo hizo vacilar nuevamente. Dio media vuelta para dirigirse a las escaleras del andador, y contuvo su intento. Regresó y se dirigió con mayor decisión hacia la puerta, incitando a los vigilantes a gruñir amenazadores. Los ignoró alcanzando el timbre. No llamó. - A lo mejor pensó que vendría y ya se dio cuenta que soy yo… no creo que me vaya a abrir - dilucidó por unos segundos, dio media vuelta y apenas iniciaba la retirada cuando una voz ronca le habló desde la casa de al lado - no están, se fueron con la familia de doña Tere - le dijeron.
Gregorio volteó y apenas distinguió una figura delgada debajo de la luz sofocada en la puerta de la casa gris, - creo que regresan hasta después de año nuevo - fue la insistencia. Bastaron unos segundos para reconocer a la persona que le hablaba, pero aún no la distinguía por completo bajo esa patética luz. - Gracias - le contestó con tono muy amable porque no recordaba exactamente su nombre. - Ah, por cierto, feliz navidad - agregó indulgente, y la chica hizo una mueca que pudo ser una sonrisa. - Hace mucho que no vienes por aquí… - fue el comentario acompañado de otro gesto más bien suspicaz. Eso lo tranquilizó un poco a la vez que lo incomodó. - Sí, ya tiene un buen rato… - contestó con un tono más indispuesto. - Viniste a ver a Rita ¿verdad? -, la chica lo miró inquisitiva y quizá burlona. - Quería saludarla por lo de navidad y eso pero creo que después le hablo -, la respuesta de Gregorio fue más cerrada. - Bueno, después regreso. Felicidades - era su breve despedida para volver lo más pronto posible al andador, pero la mujer hizo un último intento. - No creo que se haya ido sin haberte avisado… -, la posibilidad fue un agravio y una pena más, aunque no improvistas. - Ella no sabía que vendría a verla. Yo luego la busco - asintió Gregorio mientras se retiraba escaleras arriba. Al inicio de la pendiente se percató de la sombra proyectada por la luz del zaguán en la casa gris. - Al menos me deja ver bien la subida - sonrió para si mismo apresurando el paso y así poder alcanzar la calle superior del andador sin tantos árboles amontonados.

Calle arriba se dirigió a la casa grande, el crepúsculo se anunciaba sereno aún con la lluvia tocando a la puerta. Abrió el zaguán y entró por la parte superior, subiendo primero hacia atrás de los cuartos frontales a la calle, bajando por la escalera de caracol y saliéndose a la mitad del recorrido. Ahí debía estar la puerta abierta hacia los cuartos principales anteriores, pero no era el caso, no lejos ya se escuchaban algunos truenos. Tuvo que arreglárselas y pasar por el estrecho filo de las ventanas y alcanzar el diminuto patio enseguida. Desde ahí volvió a notar el excelso panorama del barrio en las faldas de la colina, sus calles y sus veredas, exhuberantes formas verdes que los árboles adornaban en las marchitas casas de la parte baja y más allá, alcanzando a las montañas, las luces recién despiertas de la carretera. La visión le pareció incomprensible para su estado de ánimo, no había un punto en común, salvo en la extemporánea lluvia. Se metió por la ventana que siempre dejaba abierta, dirigiéndose a la recámara principal contigua.
Caminó directamente al viejo buró y de entre sus ropas sacó un sobre, abrió el cajón obscuro y ahí lo guardó. Antes de poder cerrarlo se detuvo un solo instante a inspeccionar el contenido de ese ennegrecido hueco prismático, y cayó en cuenta de lo tarde que era para dejarlo en su lugar como si nada y se sentó en la cama derrotado. La lluvia se desplomó estruendosa finalmente. Los objetos que sacaba del cajón parecían arreciar al temporal contra las ventanas, dirigiendo hacia ellas sus granos cristalinos, pesados algunos, ligeros los pocos, los relámpagos acompañaban al incesante golpeteo. La habitación permanecía con la luz apagada porque aún había suficiente del exterior, se filtraba en tonos marinos y grisáceos iluminando las paredes del cuarto de azul. En los cristales se dibujaban las diminutas rutas líquidas efecto del chubasco estacionado, riachuelos minúsculos desembocando en otros, formando caudales más amplios e imperiosos, todos apuntando a la misma dirección, contribuyendo a la misma causa. Gregorio se acercó a las ventanas sin poder apreciar la dinámica fluvial, las cosas más allá de los cristales eran contornos amorfos y apenas coloridos, el ritmo de las gotas impactándose en la transparencia y el aroma fresco y húmedo de la tierra eran los únicos fenómenos percibidos por sus sentidos. De su mirada escapaban otros caudales.

Eran cerca de las cuatro de la madrugada cuando la mayoría de la familia decidió irse a dormir hartos de la comilona de nochebuena y del ánimo de fiesta gastado en los repetidos bailes efectuados en medio de la sala. Las felicitaciones fueron mutuas, madre e hijos, tíos y sobrinos, amigos y demás familiares, sin embargo Gregorio se quedó con un abrazo de más. Salvo muy pocos, las caras en general eran de cansancio y sueño. Las habitaciones fueron acondicionadas para que los invitados pernoctaran, luego Gregorio aseguró la puerta de la reja y la del frente, se despidió de todos y por último pasó por el cuarto de su madre para darle las buenas noches, - hasta mañana ma' - le habló bajito para no hacerle ruido a sus hermanos. - Hasta mañana hijo, tápate bien con las dos cobijas porque está haciendo mucho frío. Y mañana no te pares a las seis, párate a las seis y media - le aconsejó su madre sonriéndose.
Se encaminó a su recámara con la mente saturada de pensamientos, algunas ideas eran acertadas, muchas más eran disparates. Prendió la luz exterior de la recámara iluminando la terraza y el jardín, a través de la ventana se notaban los estragos de la lluvia. El lugar entero se hallaba inundado, las flores de los tulipanes y los membrillos esparcidas por todo el lugar, flotando. Los alcatraces se habían doblado y las rosas se deshojaron, el pasto se perdía en el fondo del agua. La única flor sobreviviente al vendaval fue el malvón del fondo, aquél que sembraron por no dejar el hueco vacío entre la bugambilia y el plúmbago. Ahí estaba, irresistible a la tormenta, una pequeña planta venciendo a la tormenta. La observación lo hizo reflexionar con mayor profundidad para tomar una decisión, compulsiva y firme. Abrió el clóset con mucho cuidado porque en invierno, así como en verano, y realmente la mayor parte del año, la madera se hinchaba, y el correr de las puertas se volvía una sinfonía de rechinidos y retumbos. Escogió el cajón inferior, intentando abrirlo con un suave deslizamiento pero la madera se resistía. Tuvo que dar un jalón rápido, con fuerza para hacer el ruido imperceptible. Hurgó en los objetos en su interior, todos colocados sin mayor orden hasta encontrar lo que buscaba, una pequeña caja metálica verde, un color obscurecido al parecer más por el encierro que por el uso. El escaso alumbrado provisto por el foco exterior del cuarto aumentaba la compulsión en sus manos, quería evitar vaciar el contenido de la caja, sin embargo sus dedos no acertaban. Resignado, volteó la caja sobre la cama encontrando de inmediato el anillo metálico sujetando un par de llaves desgastadas. Las guardó en su bolsillo mientras se ponía una chamarra ligera, envolvió el contenido de la caja con la colcha y la metió debajo de la cama. Apagó la luz para bajar por las escaleras, entró al estudio por sus llaves tomándolas con precaución, así como una silla para luego dirigirse a la puerta principal.
Se subió a la silla y descolgó las campanillas guardándolas en su chamarra. Regresó la silla al estudio y dejó las campanillas en el sofá. Antes de salir pasó a la cocina, abrió el refrigerador y agarró una bolsa de plástico. Al llegar al comienzo de las escaleras en la vereda, luego de cruzar la solitaria avenida, accedió a sonreir triunfante, - cuánto relajo para salir sin que se den cuenta - pensó mientras bajaba con zancadas serenas. Dobló a la izquierda al encontrar la vieja calle, observando rápidamente el camino hasta la casa grande. El lugar se hallaba desierto, muy triste para la ocasión. - Que bien que la lluvia los mandó a dormir- cuanto mejor para él, pensó. Luego de abrir la reja de la casa grande entró por la puerta principal. De inmediato alcanzó la recámara principal y llegó al viejo mueble obscurecido, abrió el cajón y tomó el primer sobre que se asomaba, luego buscó en la parte inferior del buró para tomar un envoltorio de papel celofán. El sobre lo guardó dentro de la chamarra, se colocó el paquete bajo el brazo, hizo su camino fuera de la casa grande y en unos instantes se hallaba de nuevo en la vieja calle, a la mitad de la vereda.

Comenzó a andar lentamente cuesta abajo porque los árboles apenas permitían a los faroles alumbrar las escaleras. A lo largo del andador también se notaban las luces de las casas, así como el barullo y la música en su interior pero estos últimos no le ayudaban, así que Gregorio avanzaba por instinto. Habían sido tantas las ocasiones que pasó por ese lugar que debía ser capaz de bajar con los ojos cerrados. Su gesto triunfante culminó la pendiente. Calle abajo se encaminó decidido a la puerta guinda, detrás de la reja negra. Afortunadamente para él, la algarabía brillaba por su ausencia en ese corredor, las casas vecinas eran el mejor ejemplo de una constelación muda. Antes de poder siquiera acercarse lo suficiente a la puerta del zaguán los vigías empezaron a gruñir desafiantes. Gregorio resolvió con prontitud y arrojó el contenido de la bolsa de plástico entre el zaguán. De inmediato los canes cambiaron los gruñidos por suplicas, el jamón les vino muy bien. Les dio las rebanadas con mesura, nada más para menguar la desconfianza, luego introdujo el paquete por entre la reja colocándolo encima de los arbustos del jardín. Enseguida trepó por un costado del zaguán, del lado colindante con la pared de la casa gris. - Ya falta poco - se convenció al subir las escaleras de fierro que mediaban entre el patio y la puerta guinda. Colocó el envoltorio en una posición segura al pie de la puerta por si acaso la lluvia de esa noche se repetía. Encima acomodó el sobre que tenía una leyenda muy sencilla, "a Rita".
Bajó las escaleras cerrando la pequeña puerta al final, librando al paquete de la curiosidad de los perros. Estos dejaron de pedirle más comida, se conformaban con rozarlo con sus cuerpos recios y esbeltos. Ya no era necesario comprarlos, en sus miradas se dio cuenta que lo habían reconocido, un antiguo visitante de la casa. En forma similar a su arribo se marchó, más entero si acaso. De regreso en la casa de arriba, mientras cerraba la puerta de su recámara pidió un deseo único con voz queda, ahogando el ímpetu del que aún era capaz, - ojalá estés pasando un buen momento, deveras, que estés feliz, tranquila. Lejos de esta miseria, lejos de mí… -, fue su último pensamiento antes de cerrar los ojos y quedarse dormido. «

1 comentario:

lune...ta dijo...

nunca he dudado de tus dotes de escritor, lo concidero una de tus muchas cualidades y e las mejores (no la mejor es importante aclarar) despues de leerte no queda más que agradecer tan hermoso relato,