12.28.2005
2oyog - fragmento
» La mañana radiante y fresca lo despertó gratamente. Desde su lado de la cama podía ver a través de la hendidura en la puerta desvencijada el patio arenoso, en medio había un par de perros sacudiéndose las pulgas, atrás de ellos inquietas gallinas rascaban frenéticas la tierra por comida. La grieta en esa puerta roída y sostenida por milagrosas aldabas le permitía ver más cosas, aquellas que realmente le interesaban. Enfocó su vista en la puerta de madera clara hasta el extremo opuesto del patio de la vecindad, pero los animales no lo dejaban ver con claridad. Permaneció acostado unos minutos más, confiándose en que más temprano que tarde los obstáculos se marcharían y podría verla. Sin embargo cuando éstos se movieron algunos guajolotes y varios niños tomaron su lugar. Resignado se levantó con cierta pereza, se frotó convulsivamente los brazos mientras buscaba sus zapatos. Se los ajustó apenas y salió del cuarto sombrío. Su ropa se hizo más gastada al contacto con la luz matinal, no importaba cuán limpia la dejaba en cada lavada, poco a poco adquiría un color añejo. Todo el cuarto tenía esa característica, las paredes incluso se doblegaban lastimosas bajo el peso de un techo de maderas más endebles aún. Los escasos trastes tenían la edad de los cimientos de la vecindad, eso le parecía. La construcción era una reliquia mal conservada y rematada con la pobreza de sus moradores. Al final del corredor principal el pozo se mostraba seco, asegurando una escasez más trágica para la de por sí raquítica porción que le correspondía a cada familia. Era sábado y no sabía exactamente a dónde se habían ido en la madrugada sus hermanos y su papá. Con seguridad no al mercado ni a la iglesia, menos este día. Tomó el pedazo de jabón escondido bajo el lavadero de piedra y comenzó a lavarse la cabeza, los brazos y las axilas. El agua, un tanto fría, le ayudó a despejarse más aprisa al tiempo que mantenía en lo posible la miraba absorta en la puerta aquella al otro lado del patio. Rápidamente se secó con una camisa toda arrugada, se peinó de lado con un peine tan usado como el lavadero, apenas le acomodaba sus cabellos mejor que sus dedos, y cauteloso se aproximó al centro del patio, cuidando de no ser visto por alguien desde los otros cuartos.
Escuchó atentamente cualquier sonido proveniente del interior de esa puerta parduzca apoyada en un marco deforme, sabía que no podría estar mucho tiempo en esa posición. El silencio lo desalentó y regresó a su cuarto furtivamente. De inmediato se vistió su ropa de domingo, una vestimenta un poco menos desafortunada que su ropa de trabajo. Enseguida preparó la leña para preparar el acostumbrado café de fin de semana, con una rajita extra de canela y una cucharada más de grano, bien cargadito. Mientras esperaba que el agua comenzara a hervir en esa olla negra como el carbón se frotaba las manos, esperaba ansioso el regreso de sus hermanos para platicarles las nuevas del día anterior, por fin se había atrevido a hablarle de nuevo, a ella, la vecina que tanto esperaba ver del cuarto de enfrente. En realidad lo había hecho desde que aún parecía una niña de brazos y su hermano y él eran los mejores amigos. Entonces ella tenía esa apariencia desvalida que lo afligía. Sin embargo desde que regresara de la capital había cambiado bastante, su físico aún se antojaba debilucho pero su actitud era una revelación, ya no jugaba con los niños a las canicas ni a treparse a los árboles, dejó de jugar a las escondidas y ya no perseguía a los escarabajos para amarrarles hilitos y pasearlos como papalotes. No, su mirada, a pesar de conservar muchos rasgos infantiles, estaba puesta en algún punto en la distancia que él difícilmente ubicaba. Cuando la llegaba a ver en el mercado o en el parque no estaba en el mismo estado de inconciencia que las otras niñas, no se reía por cualquier cosa ni pasaba mucho tiempo hablando. En las tardes todos los niños de la vecindad se amontonaban en el portón para ver pasar lo que fuera por la calle y jugar a todo lo que su pueril imaginación les sugería y ella también estaba con ellos pero sus pensamientos definitivamente no se limitaban a ese espacio ni a ese momento. Desde entonces él no sabía que hacer con la inquietud bárbara que eso le provocaba. La actitud de ella lo desarmaba cada vez que intentaba hablarle, su seguridad lo dejaba impávido. Tendría que ser una coincidencia la que improvisara una conversación.
Don Gregorio y Doña Aurora mantenían una distancia mucho más que prolongada, la diferencia de temperamentos entre ellos era histórica y solo se saludaban cuando las circunstancias los obligaban, por lo demás prescindían entre sí por completo. Así, cierta noche uno de los inquilinos, el que acostumbraba llegar gateando y sudando licor, le dio por hacer añicos todas las ollas de barro formadas al pie del pozo, salvándose por hereje milagro las de su familia. El motivo de ese futuro insospechado se delineaba paradójico desde entonces. Luego de haber maniatado al borrachín, el resto de los inquilinos se dio a la tarea de rescatar para sí las ollas sobrevivientes, fueran o no de ellos. La mala fortuna de las familias de Goyo y de Alma fue su ausencia deliberada en el escándalo, ésta fue la verdadera coincidencia. Ninguno de los dos jefes de familia gustaba de presenciar o acudir a los asuntos ajenos, nada más los juzgaban, se los hacían ver a sus respectivos críos y dejaban que el mundo rodara. De esta manera a la mañana siguiente del jocoso espectáculo, el patio arenoso bien pudo haber sido testigo de una posada en pleno verano por los trozos de barro esparcidos en toda el área. Tal vez nunca fueron más precisos en abrir ambos señores las desmanteladas puertas de sus cuartos.
De antemano los dos habían deducido que sucedió, sin embargo no esperaban un cuadro como el que miraban. Y ahí, entre el montón más prominente de pedazos de olla, se asomaba un traste entero, perenne. La tentación los sacudió a ambos, el orgullo los detuvo en seco, todo podía suceder antes que mostrar la menor ligereza. Sincronizados pretendieron iniciar sus rutinas, la señora comenzó a barrer su frente y el señor acomodó una paca de leña en un costado de su cuarto. Apenas quedaron fuera de vista tanto el uno como el otro, regresaron al interior de sus moradas a despertar apresuradamente a sus hijos. La señora despertó a Alma, el señor despertó a Gregorio, ambos padres enviaron de inmediato a sus hijos a recoger la bienaventurada olla. Los jóvenes se aproximaron a la vasija aún frotándose los ojos, sin darse cuenta de la presencia del otro hasta que sus manos se posaron en el mismo objeto. La mano de él sobre la de ella, la mano de ella sobre la de él. Se sonrieron, se hablaron al unísono interrumpiéndose, y ambos se pusieron de pie olvidando la olla en el piso. «
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