Había pasado un año desde la última vez que nos vimos por ese entonces. Realmente no sabía si el olvido estaría de mi lado, o también se escabulliría como otras veces. En esa última ocasión estaba a menos de media cuadra para llegar a casa cuando ella bajó del colectivo con su uniforme escolar. Estaba tan linda, con sus cabellos rizados que solo conservaban el tono azabache que yo recordaba, su figura pequeña, femenina. Quise evitar su mirada pero me tenía justo enfrente. Hola, cómo estás, me habló esa voz infantil, con esa ligereza para actuar como si nada. Estoy bien, fue un reflejo lo que respondió, yo no podía hablar, mis ideas temblaban y sudaban a la par de mis manos. Me dijo que tenía tiempo de no verme, que me pensaba lejos, muy lejos todavía, me preguntó por mi papá y por mi primo, los únicos de mi parte que sabían de lo nuestro. Cada palabra que le escuche tenía un significado como jamás quise que tuviera. Hola, cómo estás, a ver si tienes los tamaños para escuchar lo que eres, para escuchar lo que perdiste. Hace tiempo que no te veo, dónde te escondiste, fue suficiente la distancia o regresaste para demostrar lo cínico que eres. Pensé que estabas lejos, muy lejos, donde se van los de tu clase, los miserables como tú, donde se van y nunca regresan...
No pude evitar un par de lágrimas escapándose como una ligera válvula, sin embargo mis palabras no reflejaban la pena interior, maldita sea, no tenía cara para pedirle perdón. De veras quiero hablar contigo, pero con más tiempo, le dije mientras bajábamos muy despacio por la vereda hacia su casa. Ella respondió lo que tanto temía, lo que tanto deseaba. No podemos ser ni amigos, me dijo, su voz se hizo grave, fría, esa indiferencia implacable calaba más que el odio que me profirió cuando rompimos. Calaba mil infiernos más.
El transcurrir del año consecuente fue paradójico. Un par de vagabundos dejamos de huir más por cansancio que por prudencia y guardamos el costalillo de los andanzas en el rincón más oculto. Regresé con mi madre y mis hermanos, sin expectativas, sin miedo. La culpa puede estremecer el alma pero no abatirla, así es como lo veo ahora. Me bastaron pocas semanas para distinguir las esperanzas que daba por perdidas y retomé un proyecto de vida, uno de tantos. Conocí amigos, entrañables, aunque siempre me dibujé un muro para tener aparte mi historia. En un principio fue un aliciente inmejorable contra la zozobra y contra preguntas incómodas con respuestas monosílabas, pero después mi propio personaje se confundió con su papel. Me tomé en serio la farsa y mi familia y mis amigos no la notaron, al comienzo, porque después no me fue posible ocultar los síntomas. Mi madre hacía todo lo posible por mantenerme alejado de mis soledades, mis hermanos la ayudaban aunque nunca se animaron a indagar razones. Eran muy sencillos en sus percepciones para atreverme a redimir mi incertidumbre con ellos. Además, la causa de mis culpas ellos ya lo sabían y con eso bastaba, mi vida con ella más bien fue algo trivial para mi familia.
Una de esas noches sin ganas de dormir empecé a llenar una libreta con notas de lo que pensaba decirle y no me atrevía, las cosas que percibía y cómo las interpretaba, como si ella aún estuviera conmigo. Apenas llevaba escrito un par de hojas cuando el sueño me halló por casualidad. Recuerdo un sueño largo, muy largo, sobre muchos lugares y personas, también en distintos momentos, y recuerdo un despertar un tanto angustioso porque no ubicaba con precisión los detalles del sueño. Calculé la hora, no amanecía aún, y los domingos son de levantarse tarde, así que me salí de casa con todo sigilo y me fui a correr al campo. Eso siempre me hacía recordar los momentos más añorados de mi vida, mi familia antes de la separación, mi abuelita, mi tío Francisco, mis primos, mis amigos en casa, los recuerdos vivos, la primera vez que la vi, la primera vez que nos hablamos, la primera vez que nos besamos, la primera vez que no fue. Ya en la ruta acostumbrada, la primera escarpada era la más severa, a la mitad tenía que respirar por la nariz y por la boca para mantener el paso, luego llegaba al sinuoso camino arenero más bien plano, extenso, hasta llegar a un par de curvas en bajada y comenzaba el otro camino de lo que sería una autopista. A partir de ahí y hasta su extremo en la misma dirección eran 5 o 6 km, el va era subida y el ven era bajada. En la mitad del recorrido había una desviación hacia un camino vedado y a unos 30 metros sobre esa pendiente comenzaba un singular montículo que alcanzaba la misma altura de la futura autopista. La cima era un círculo de unos 10 metros de diámetro y lo más extraño era que estaba repleta de pasto y flores, muchas flores. Siempre corría hasta ese lugar lo más rápido que podía y al llegar a ese pináculo gritaba su nombre, lo gritaba hasta perder el grito, hasta que el ardor en mi pecho no me dejaba tomar aire suficiente para volver a gritar. Su nombre, su nombre, mi vida solo tenía sentido con su nombre y lo reclamaba así, primitivo como podía, un alarido contra la desesperación. Después recuperaba la compostura y volvía al camino principal para completar el recorrido.
Al llegar a casa mi familia ya se había levantado e incluso preparado el desayuno. Mi mamá me preguntó el porque de mi semblante, pues cada vez que regresaba tenía el mismo aspecto derrotado. No seas así, tus hermanos quieren que los acompañes a la pista, me dijo buscando un afirmativo en mi respuesta, te tienen una sorpresa. Le dije que sí y me bañé rápido para alcanzarlos en la mesa. Me hablaron de cosas que faltaban arreglar en casa durante las vacaciones, de los amigos de Fabio, de la maestra de Paco, de unas posibles vacaciones. Luego mis hermanos y yo fuimos a la pista de hielo en Lomas Verdes. Paco era tremendamente feliz ahí, su falta de estatura tan criticada le resultaba una ventaja sobre esos patines, nunca caía, y Fabio, el ya tenía la práctica de los patines sobre una hilera de ruedas, así que también lo disfrutaba como enano. Vino el primer descanso para emparejar la pista y me dejaron solo en la cafetería. Paco quiere cambiar sus patines, me dijo Fabio, ahorita que abran de nuevo nos vemos en la primera puerta. Cuando los alcancé donde quedamos se veían nerviosos, me pidieron me acercara, alguien quiere hablar contigo, me habló de nuevo Fabio y con una mano tomo a esa persona y la metió a la pista. Era ella. Ella estaba ahí, con su semblante infantil, su sonrisa blanca, su frente amplia, sus ojos asombrados, sus manos pequeñas. Mi vida era ese momento, no antes, no otro, era ella. Hola, cómo estás, fue su pregunta y mi natural conjuro para el enmudecimiento. Me tomó de la mano y la sentí tibia, única, el primer contacto con una mano de mujer, aparte de mi madre. Dimos algunas vueltas y ella era más hábil que yo. Luego me pidió que nos detuvieramos un rato en las bancas para ajustar sus patines y me adelanté a la puerta para sostenerla, titubeó y resbaló pero ya la tenía sujeta por el brazo. Se abrazó a mi y quedamos sintonizados en la misma mirada. Aún con el abrigo adivinaba su cuerpo y su aroma, nítido, inconfundible. Sin dejar de mirarme preguntó, entonces ¿volvemos?..., el mundo no me alcanzó en ese instante, ese único instante.
Después vino el cruel despertar verdadero, abrazando una trenza de cobijas, sábanas y colcha, mi madre diciéndome que ya era hora, que eran más de las 9. Le grité, le reclamé por qué, le exigí que no me despertara y que me dejara solo. Me miró con una tristeza profunda y cerró la puerta del cuarto. Lloré como no recuerdo haber llorado antes, pero el llanto no me alcanzaba, como tampoco el mundo en ese único instante.
12.12.2005
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5 comentarios:
Esos son los sueños mas crueles, esos donde quisieras jamás despertar.
la historia me suena conocida, pero del lado de ella...por qué desaparecen? acaso no se dan cuenta de nada?
Pues no lo había visto de esa forma Nora, aunke ella no desapareció, realmente no ha dejado de estar ahí, y recién me doy cuenta de esta nueva óptica.
Gracias.
He llegado a pensar que ese tipo de sueños; Son pruebas de nuestra mente para hacernos superar lo que nos lastima.
Lo mejor es que podemos seguir soñando!
heeeey!.... amigo de Maria Luna?!... agradable sorpresa!
... ya se me hacía familiar la manera de escribir...
Seguiré visitando
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