
En algún punto de los pegostes (me refiero a la gráfica tiempo/hechura) tuve el propósito de exponer a la luz los demonios presentes incluso en momentos cruciales de mi raquítica experiencia en esta maravilla que llamamos vida. Tal vez ya no hay necesidad de cumplir la intención, más quiero terminar la tarea, por la vida también maravillosa que significaron, que representan y que seguramente me acompañarán hasta el final, esas tardes púrpuras, esas madrugadas de medio sueño, y porque mi luna así me conoció, solo así fue que la descubrí y me dio la oportunidad de seguirla contemplando. Solo en un espacio como éste y gracias a la confianza de mi luna y de los amigos que tengo por estos lares fue como pude deshacerme de algunos lastres. Dejar la embarcación, eso fue una tarea personal, con la obligada cuestión: qué vas a decidir. Claro está, lo ideal es decidir sin dudas, seguirse de filo como algo que ya has ensayado innumerable cantidad de veces y solo esperabas el momento de actuar. Ya en la realidad si el barco no coincide con tu destino entonces tienes que dejarlo, cada quien tiene un puerto al cual llegar. Es obvio que me dolió bajar de una embarcación en la que había viajado por tanto tiempo, no solo hablo de las dudas y del miedo, de mi parte claro, hablo de la esperanza, de lo último en desaparecer de la vista, más allá del horizonte. Todo el tiempo supuse que llegaría a ese lugar, seguramente más tarde que temprano, pero llegaría.
Quiero decir, mi decisión no solo involucró valuar la esperanza, incluía también el hartazgo de aferrarme a un recuerdo, por el sentimiento original y por el sentimiento de culpa. Hasta hoy estaba seguro que la mitad de mi decisión estaba inclinada más por liberarme del hartazgo que por el sentimiento verdadero. Aclaro, esto en cuanto a lo que al recuerdo se refiere, y no fue así. La verdad me alegro, el barco fue de verdad, toda aquella travesía sí fue verdad. La decisión de orientarme hacia la luna o seguir buscando esa estrella fue el momento más intenso que puedo recordar, porque el barco en que viajaba no sabía de la luna ni del presente, no sabía de Iasiri, lo único que podía distinguir era el ayer, esa estrella llamada Rocío, nada más. Y digo esto para hacer justicia, era un barco por demás entrañable, de buena madera, pero el timón estaba a mi cargo y maniobré mal. Por eso me sentí confundido en el momento definitivo en mi decisión, se me hacía injusto dejar el barco solo porque había descubierto este destino, sin embargo, continuar en ese barco hubiera terminado en un naufragio bien trágico. No es posible tolerar de nuevo que pierdas algo tan querido, algo tan esencial, y perder la luna, pues, eso ni imaginarlo.
Es un hecho que haber tomado la ruta equivocada me llevó a conocer la luna, y es más cierto que aun volviendo al punto del desvío, a ese barco lo habría orientado de tal suerte que llegáramos al mismo lugar donde la descubrí. Ahora lo se mejor. Y no puedo sentir que haya bajado del único barco que me podía llevar a mi destino, sencillamente tomé mi propia decisión, subir al barco que quiero, tomar la ruta que quiero, seguir a mi luna que tanto quiero, y con este barco llegar al puerto más allá de donde se juntan el cielo y el mar, porque ya no hay manera en que pueda concebir el destino. Mi vida estrena rumbo y brújula, y por supuesto embarcación. El comienzo es mucho mejor del que hubiera imaginado.

1 comentario:
una realidad de 3 meses nd i hope muchos muchos pero muchos mas
besos te amo
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